Correr junto al Monte Fuji

Mizen: Una lección japonesa sobre prevención y el cuidado de los demás

Por: Yolanda Acosta Urrego. Coach Senior (MCC)

Hay experiencias que permanecen en la memoria no por el tiempo registrado en el cronómetro, sino por las lecciones que dejan. Participar en la Media Maratón del Lago Yamanakako, con el majestuoso Monte Fuji como escenario, fue una de ellas.

Antes de la salida esperaba encontrar el ambiente habitual de cualquier carrera: corredores concentrados, música y entusiasmo. Sin embargo, descubrí algo mucho más profundo. A lo largo del recorrido, voluntarios, sin presencia de policías, solo  personal de apoyo y habitantes del lugar repetían constantemente una misma expresión:

«¡Seguridad para todos! ¡Cuídense!»

No era una frase protocolaria. Se percibía como un compromiso auténtico. Cada persona parecía asumir la responsabilidad de proteger a los demás. El objetivo no era únicamente que miles de corredores cruzaran la meta, sino que todos regresaran sanos y salvos a casa.

Ese espíritu de cuidado colectivo se reflejaba en cada detalle. Las vías perfectamente organizadas, el respeto absoluto por las indicaciones, los voluntarios atentos a cualquier necesidad, los corredores colaborando entre sí y un entorno que permanecía impecable durante toda la jornada. Nadie parecía preguntarse quién era el responsable de mantener el orden; simplemente cada uno hacía su parte.

Mientras avanzaba alrededor del lago, con el Monte Fuji acompañando cada kilómetro, comprendí que aquella carrera era una expresión de una forma de pensar profundamente arraigada en la cultura japonesa. El respeto por las personas, el cuidado del entorno y la disciplina cotidiana no aparecen solo en las fábricas o en las empresas; forman parte de la vida diaria.

Con el paso de los días comprendí que aquello tenía una explicación mucho más profunda. En Japón existe una manera de entender la gestión que podríamos relacionar con el concepto de Mizen (未然, prevención antes de que ocurra el problema): gestionar pensando desde el principio en el largo plazo. No consiste únicamente en planificar más, sino en preparar tan bien las condiciones iniciales que muchos problemas simplemente no llegan a aparecer.

En Occidente solemos admirar a quien resuelve una crisis con brillantez. En Japón, en cambio, suele valorarse más a quien preparó las condiciones para que esa crisis nunca existiera. Es una diferencia sutil, pero transforma completamente la manera de actuar.

La propia cultura japonesa está llena de ejemplos de esta filosofía.

En la ceremonia del té (Chadō), el momento visible parece ser cuando se sirve el té. Sin embargo, la ceremonia comienza mucho antes: con la limpieza del espacio, la elección de los utensilios, la disposición de cada objeto y la preparación del ambiente. El té es simplemente la consecuencia de una preparación casi invisible.

El Ikebana enseña algo similar. Cada rama se elige cuidadosamente, cada corte modifica el equilibrio del conjunto y cada espacio vacío tiene un significado. La belleza no aparece al final; comienza con las primeras decisiones.

El Origami transmite la misma enseñanza. Un solo pliegue realizado sin atención acompaña toda la figura. No puede ocultarse ni corregirse fácilmente. La calidad de la obra depende de la calidad del primer gesto.

En las artes marciales ocurre algo parecido. Antes del primer movimiento ya se ha trabajado la postura, la respiración, la distancia, el equilibrio y la serenidad mental. El combate visible no es más que la expresión de una preparación que el espectador nunca llega a percibir.

Incluso la cocina tradicional japonesa refleja esta forma de pensar. La frescura de los ingredientes, el orden del espacio, el afilado de los cuchillos y el respeto por la secuencia de cada acción hacen que el resultado parezca natural. Lo extraordinario no nace de una improvisación brillante, sino de una preparación rigurosa.

De repente comprendí que la Media Maratón de Yamanakako funcionaba exactamente igual. La seguridad que observé durante la carrera no nacía de la reacción ante los problemas. Era el resultado de cientos de pequeñas decisiones tomadas mucho antes del disparo de salida: una organización meticulosa, una ciudadanía comprometida, voluntarios preparados y una cultura donde cada persona entiende que también es responsable del bienestar de los demás.

En muchas organizaciones hablamos de seguridad, de 5S, de mejora continua o de excelencia operacional como si fueran únicamente metodologías. Sin embargo, detrás de todas ellas existe un principio mucho más humano: cuidar de las personas y evitar que sufran daños innecesarios. La excelencia comienza cuando cada individuo siente que también es responsable del bienestar de quienes lo rodean (esto es respeto por los demás, ya que son «kamis» – dioses).

Quizá esa sea una de las mayores enseñanzas que me llevé de Yamanakako. No fue simplemente correr una media maratón frente a uno de los paisajes más bellos del mundo. Fue experimentar una cultura donde el respeto, la prevención y el cuidado mutuo se viven de forma natural, sin necesidad de grandes discursos.

Al final comprendí que el verdadero espíritu del kaizen no consiste únicamente en mejorar procesos. Comienza mucho antes: en crear las condiciones para que las cosas salgan bien desde el principio. Consiste, ante todo, en mejorar la forma en que convivimos, trabajamos y cuidamos unos de otros. Porque, al igual que en la ceremonia del té o en aquella carrera junto al Fuji, los mejores resultados suelen ser la consecuencia visible de una preparación silenciosa.

Y esa es una meta mucho más importante que cualquier medalla.

Yolanda Acosta Urrego
Coach Senior MCC

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